La UE impone -a pesar de la revisión jurídica pendiente- de forma provisional el acuerdo de libre comercio con los países sudamericanos del Mercosur, volviéndose así sospechosa. La agresividad de esta acción a lo mejor se explica por la crisis global del libre comercio y la dependencia de las materias primas de la industria. Rusia es el enemigo, China protege sus mercados e incluso Estados Unidos se aísla con aranceles.
Alemania, el gigante exportador de la UE, probablemente esté preocupada sobre todo por las consecuencias de una potencial falta repentina de clientes y materias primas para su industria. La posibilidad de una crisis inminente del sistema actual quizá ya no sea una incógnita para muchos. Cómo evitarla de la mejor manera, tal vez sí que lo sea. Sin embargo, la verdadera cuestión debería ser si un sistema basado en el incremento infinito de la ganancia no está condenado al fracaso de antemano. Intentar conseguir en Sudamérica nuevos mercados para la exportación y acceso a materias primas clave es parte de un esquema bien conocido de maquinaciones imperialistas (política de cañoneras y guerras del opio), modernizado bajo la denominación de libre comercio y asociación democrática. La utilidad del libre comercio parece satisfacer las necesidades de un único contrincante y la política de la UE resulta poco democrática. Apenas tenemos información disponible sobre la percepción pública y el estado de ánimo de la población de nuestros futuros países socios sudamericanos.
Y la información disponible sobre el acuerdo es muy eurocéntrica: es el punto de vista del descontento de la agricultura francesa, el de la necesidad de un acuerdo debido a la debilidad de las exportaciones y el que defiende que, en realidad, todos ganamos. Sin embargo, el acuerdo podría resumirse a grandes rasgos de la siguiente manera: Europa, y ante todo Alemania, puede vender aún más productos químicos, maquinaria y automóviles (de combustión), mientras que Sudamérica suministra principalmente minerales, petróleo y alimentos. Todos se alegran de tener precios aún más bajos.
Así pues, mientras que los países económicamente empobrecidos de Sudamérica seguirán explotando su naturaleza mediante la minería y la agricultura intensiva, empresas punteras como BASF, Bayer y Volkswagen pueden hacer competencia a las empresas de la industria local, logrando a largo plazo la victoria las empresas que tengan la mayor capitalización, que probablemente seguirán siendo las de los (¿ex-?) colonizadores. La promesa de un consumo más barato es la zanahoria mostrada a la población trabajadora, que es la que genera todos estos ingresos en concepto de exportaciones. Incluso en la próspera Europa, resulta cada vez más difícil costear necesidades básicas como la vivienda y la alimentación. La pobreza en Sudamérica es, con diferencia, mucho peor.
Una victoria, como siempre, de los capitalistas, que una vez más han burlado brillantemente la crisis medioambiental, ya que, aunque en la Alemania modélica se avecina el fin del motor de combustión en 2035, en Sudamérica esas normas no se vislumbran ni mucho menos. Así, el historial de Volkswagen de desprecio a los seres humanos y a la naturaleza en Brasil podrá alargarse eternamente. También los gigantes químicos BASF y Bayer pueden respirar aliviados tras el rechazo de la prohibición del glifosato en la UE hasta 2033, ya que ahora pueden seguir generando miles de millones en ventas al Mercosur durante un tiempo indefinido envenenando a las personas y el medio ambiente. La influencia de la ganadería y la agricultura en la Amazonia es una realidad cotidiana desde hace décadas y ahora se intensifica aún más. Todo esto sucede sin el control de los consumidores, ya que, por ejemplo, casi ningún europeo ve con sus propios ojos lo que hacen las empresas de su país en la Amazonia, mientras que la población de la Amazonia apenas tiene posibilidad de denunciar estos crímenes con la fuerza necesaria a la opinión pública de los países sede de las empresas. Podemos imaginarnos lo que pasaría si, de repente, agricultores brasileños quisieran utilizar el bosque bávaro, aunque solo fuera la superficie de un único campo de fútbol, para la cría de ganado vacuno.
La connotación positiva del libre comercio parece tambalearse en una época de creciente proteccionismo. Ocurre lo mismo con muchos conceptos propagandísticos. Así como antes se prometía el cielo para suscitar la adhesión de la población, hoy son la productividad y la eficiencia económica las que guían nuestro quehacer diario. En mi opinión, Sudamérica podría prescindir de los automóviles europeos, símbolo de estatus, y de la química destructora del medio ambiente. Un acuerdo de libre comercio dentro de Sudamérica es, sin duda, claramente positivo, ya que el comercio es un componente natural de las sociedades humanas. Pero extenderlo a través del Atlántico para incorporar un mercado con una economía mucho más fuerte solo puede aportar beneficios a una de las partes a largo plazo, mientras que, tarde o temprano, se le agotará hasta la última fuente de recursos naturales a la otra.
Por lo tanto, la realidad inalterada sigue siendo que Europa se jacta in situ de sus altos estándares ambientales y de vida, mientras que los socava descaradamente en países lejanos usando conjuntamente la política y la industria. Un despegue económico de los países explotados sería una amenaza de carácter sistémica más para Occidente, por lo que deben blindarse las relaciones de dependencia. Aunque esto sea obviamente moralmente condenable, denunciarlo difícilmente traerá cambios, ya que la realidad material es amoral.
Denunciar las injusticias sigue siendo una tarea permanente para contrarrestar la propaganda en favor de una pequeña élite. Además, se vuelve cada vez más necesario establecer redes. Sumando ambas regiones, 780 millones de personas quedan afectadas por el acuerdo. Es necesario un intercambio activo entre las poblaciones de ambos continentes para poder hacer frente al poder global de las corporaciones y los políticos y luchar por los verdaderos intereses de la humanidad.
Nos queda la esperanza de que sepamos cómo hacerlo mejor en cuanto surja la oportunidad.
Marc Paul (Grupo de Programa Economía y Finanzas).
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