Caras del déficit democrático

A veces las caras se convierten en símbolos, no del fuerte carácter de sus portadores, sino de las fuerzas anónimas detrás de estos. ¿Acaso la estúpida cara sonriente de Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, no era el símbolo de la brutal presión de la UE sobre Grecia? Recientemente, el acuerdo de comercio internacional TTIP ha adquirido un nuevo símbolo: la fría cara de la comisaria de Comercio de la UE, Cecilia Malström, quien, al preguntarle un periodista cómo podía continuar promocionando el TTIP frente a la oposición pública masiva, respondió sin vergüenza alguna: “mi mandato no surge de la gente europea”. En un insuperable acto de ironía, su apellido es una variante de maelstrom (torbellino).
Ahora ha emergido una tercera cara anónima: Frans Timmermans, el primer vicepresidente de la Comisión Europea, quien, el 23 de diciembre de 2015, regañó al gobierno polaco por adoptar una nueva ley que supone una amenaza al orden democrático constitucional, al subordinar al tribunal constitucional bajo la autoridad del gobierno. Además, Timmermans condenó la nueva ley de medios que se emitió apresuradamente el parlamento polaco hace unas semanas: la ley permitirá al parlamento despedir de forma inmediata a todos los ejecutivos de la televisión y radios públicas del país, así como elegir a sus sucesores. El partido gobernante justifica esta ley como una necesidad para suprimir las críticas injustas de sus acciones, mientras la oposición lo condena como una grave limitación a la libertad de prensa. En una inmediata y aguda respuesta, los polacos advirtieron a Bruselas “que ejerciera más restricciones a la hora de instruir y advertir al parlamento y al gobierno de un estado soberano y democrático en el futuro”.
Desde la perspectiva liberal de izquierdas habitual, es evidentemente inapropiado poner estos tres nombres en el mismo saco: Djisselbloem y Malström personifican la presión de los burócratas de Bruselas (sin legitimidad democrática) sobre los estados y sus gobiernos democráticamente elegidos, mientras Timmermans intervino para proteger instituciones democráticas básicas (independencia de los tribunales, libertad de prensa) de un gobierno que excedió sus poderes legítimos. Sin embargo, aunque pueda parecer obsceno comparar la brutal agresión neoliberal sobre Grecia con la crítica justificada de Polonia, ¿acaso no fue la reacción del gobierno polaco totalmente acertada? Timmermans, un administrador de la UE sin una calara legitimidad democrática, ejerció presión sobre el gobierno elegido democráticamente de un estado soberano.
¿No nos encontramos con un dilema similar en la Alemania actual? Cuando estaba respondiendo preguntas de los lectores de Sueddeutsche Zeitung sobre la crisis de los refugiados, la pregunta que atrajo de lejos la mayor atención trataba precisamente de la democracia, pero con un giro populista derechista: cuando Angela Merkel hizo su famosa intervención pública invitando a cientos de miles a Alemania, ¿cuál era su legitimidad democrática? ¿Qué le daba derecho a traer un cambio tan radical a la vida alemana sin una consulta democrática? Mi intención, obviamente, no es dar la razón a los populistas antiinmigración, sino determinar con claridad los límites de la legitimidad democrática. Lo mismo sucede con aquellos que defienden la apertura radical de las fronteras: ¿se dan cuenta de que, ya que nuestras democracias son democracias de naciones estado, su exigencia equivale a la supresión de la democracia? ¿Se debería permitir un cambio gigantesco que afecte a un país sin consulta democrática a su población?
¿Y no se aplica lo mismo a las llamadas a la transparencia de las decisiones de la UE? Puesto que, en muchos países, la mayoría de la población estaba en contra de la reducción de la deuda griega, hacer que las negociaciones de la UE fueran públicas haría que los representantes de esos países defendieran medidas aún más duras contra Grecia… Nos hallamos aquí con el antiguo problema: ¿qué pasa con la democracia cuando la mayoría se inclina por votar leyes sexistas y racistas? No me preocupa llegar a la conclusión que las políticas emancipadoras no deberían estar ancladas a priori a los procedimientos formales-democráticos de legitimización. La gente, con frecuencia, NO sabe lo que realmente quiere, o no quiere saberlo, o simplemente quiere la cosa equivocada. No hay una solución mágica para esto, y bien podemos imaginar una Europa democratizada con ciudadanos mucho más involucrados en la cual la mayoría de los gobiernos esté formada por partidos populistas antinmigrantes.
Los críticos izquierdistas de la UE, así, se ven envueltos en un extraño aprieto: mientras lamentan el “déficit democrático” de la UE y proponen planes para hacer más transparente la toma de decisiones en Bruselas, apoyan a los administradores “no democráticos” de Bruselas cuando ejercen presión sobre las nuevas (y democráticamente legitimadas) tendencias “fascistas”. El contexto de estos impasses es el Gran Lobo Feroz de la izquierda liberal europea: la amenaza de un nuevo fascismo encarnado en el populismo derechista antinmigración. Este espantapájaros es percibido como el enemigo principal contra el que debemos unirnos, desde (lo que quiera que quede de) la izquierda radical hasta los demócratas liberales mainstream (incluyendo a los administradores de la UE como Timmermans). Europa es representada como un continente que retrocede hacia un nuevo fascismo que se alimenta del odio y el miedo paranoicos al enemigo externo étnico-religioso (en su mayoría, musulmanes). Mientras este nuevo fascismo es directamente predominante en algunos estados postcomunistas del este de Europa (Hungría, Polonia, etc.), también se está haciendo más fuerte en otros estados donde la perspectiva es que la invasión de refugiados musulmanes supone una amenaza al legado europeo.
¿Pero este fascismo es realmente fascismo? El término “fascismo” se usa con demasiada frecuencia como una excusa para evitar el análisis detallado de lo que está sucediendo en realidad. El político holandés populista de derechas Pim Fortuyn, asesinado a principios de mayo de 2002, dos semanas antes de unas elecciones en las que se esperaba que ganara una quinta parte de los votos, es una figura paradójica sintomática: un populista de derechas cuyas características personales e incluso (la mayoría de sus) opiniones eran “políticamente correctas” casi a la perfección: era gay, tenía buenas relaciones personales con muchos inmigrantes, con un sentido innato de la ironía, etc., en breve, era un buen liberal tolerante con respecto a todo excepto por su postura política básica: se oponía a los inmigrantes fundamentalistas debido a su odio a la homosexualidad, derechos de las mujeres, etc. Lo que encarnaba era la intersección entre el populismo de derechas y la Corrección Política liberal. Tal vez, tenía que morir porque era la prueba viviente de que la oposición entre el populismo de derechas y la tolerancia liberal es una falacia, y que estamos tratando con dos caras de la misma moneda.
Además, muchos liberales de izquierdas (como Habermas) que lamentan el continuo declive de la UE parecen idealizar su pasado: la UE “democrática”, cuya pérdida tanto lamentan, nunca ha existido. La política reciente de la UE es tan solo un intento desesperado para que Europa se ajuste a un nuevo capitalismo global. La habitual crítica liberal de izquierdas de la UE (que en general está bien, salvo por el “déficit democrático”) traiciona con la misma ingenuidad como los críticos de los antiguos países comunistas que básicamente los apoyaban, tan solo lamentándose de la falta de democracia: en ambos casos, el “déficit democrático” era una parte necesaria de una estructura global.
Obviamente, la única manera de contrarrestar el “déficit democrático” del capitalismo global debería haber sido a través de alguna entidad transnacional: ¿no era el propio Kant quien, hace más de doscientos años, vio la necesidad de un orden legal transnacional fundamentado en el auge de la sociedad global? “Puesto que la más pequeña o amplia comunidad de personas de la Tierra se ha desarrollado de tal manera que la violación de los derechos en un lugar se siente por todo el mundo, la idea de una ley de ciudadanía mundial no es una noción exagerada ni rimbombante”. Esto, sin embargo, nos remite a lo que es discutiblemente la “principal contradicción” del Nuevo Orden Mundial: la imposibilidad estructural de hallar un orden político global que corresponda con la economía capitalista global. ¿Qué pasaría si, por razones estructurales y no solo por limitaciones empíricas, no pudiese haber una democracia mundial o un gobierno mundial representativo? El problema estructural (antinomia) del capitalismo global reside en la imposibilidad (y, simultáneamente, en la necesidad) de un orden sociopolítico que pueda encajar: la economía de mercado mundial no puede organizarse directamente como una democracia liberal global con elecciones mundiales. En política, vuelven los “reprimidos” de la economía global: fijaciones arcaicas, identidades particulares sustanciales (étnicas, religiosas, culturales). Esta tensión define nuestro dilema actual: la libre circulación global de bienes viene acompañada de las divisiones crecientes en la esfera social. Mientras los bienes circulan cada vez con más libertad, a las personas las separan nuevos muros.
¿Esto quiere decir que debemos evitar la idea de democratizar Europa como un callejón sin salida? Al contrario, significa que, precisamente debido a su significado esencial, debemos aproximarnos en una manera más radical que limitarnos a exigir más procedimientos democráticos abiertos. Surgirá toda una serie de preguntas difíciles: ¿cómo contrarrestar de forma efectiva el lavado mental ideológico de los medios de masas? ¿Cómo hacer que la gente se familiarice con decisiones cruciales y decisiones ofuscadas por guerras culturales, decisiones sobre el TTIP y otros tratados semisecretos? Etcétera. El problema de democratizar Europa, pues, se convierte rápidamente en uno mucho más sustancial: cómo transformar las coordenadas básicas de nuestra vida social para que la democracia sea posible.

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