Carta abierta de Bob Biderman sobre el referéndum del brexit

Bob Biderman es un escritor y editor británico-americano, así como miembro de DiEM25. Escribe lo siguiente:
Llegué a Gran Bretaña desde los Estados Unidos en 1960, siendo in joven que había estado fascinado por las historias de esta nación isleña que mi padre me había contado cuando era niño. Mi padre se había presentado voluntario a la marina mercante algunos años antes de que los Estados Unidos entraran en la guerra y admiraba el espíritu de las personas que se había encontrado al otro lado de esa peligrosa ruta del Atlántico Norte, llevando comida y provisiones al último reducto contra la conquista fascista de Europa. Sus historias, expresadas en una lengua adecuada para un niño pequeño, hablaban de aquellos simples actos de coraje que definían a las personas que se mantenían resueltas, por más que pareciera que se enfrentaban a lo imposible. Así que cuando aterricé en Gran Bretaña fue casi como un rito de iniciación. Vine a rendir homenaje y no me decepcionó en absoluto.
Al atravesar la isla en toda su longitud, desde Londres hasta Glasgow, fui testigo de un país que todavía se caía a pedazos por las brutalidades de la guerra. En Londres, grandes agujeros abiertos llenos de escombros de lo que había sido el hogar de alguien, y que todavía no habían sido retirados quince años después de los bombardeos. Los racionamientos no habían terminado mucho antes, pero aún había escasez de provisiones básicas, acrecentado por las cafeterías de trabajadores donde servían salchicha con guisantes a una mano de obra sin un duro. Habiendo llegado de unos Estados Unidos ilesos donde la mayoría estaba en buena situación (pese a que muchos aun vivieran en una pobreza abyecta), la dignidad de los británicos que habían sufrido increíbles adversidades era inspiradora.
Volví a Gran Bretaña en 1970, esta vez, recién casado, con mi mujer. Más tarde, de nuevo, en la década de 1980, cundo finalmente decidimos instalarnos en Gran Bretaña y criar a nuestra familia. Para nosotros, Gran Bretaña no era solo un hogar adoptivo, sino un antídoto necesario a una cultura estadounidense que se estaba obsesionando fatalmente con el dinero y el poder.
Durante esos cincuenta y seis años, desde 1960 hasta el presente, he sido testigo de cambios dramáticos en la cultura y las actitudes. La destrucción de las comunidades de norte a sur, este a oeste, mediante cambios globales acrecentados por las nuevas tecnologías e intensificados por políticas de austeridad erróneas, ha causado o exacerbado las profundas heridas sociales. Pero lo que más me ha impactado es el desmantelamiento de ese espíritu que antaño había sido tan fuerte, aquel que mi padre tanto admiraba. Nada ejemplifica mejor este desmantelamiento que el tóxico referéndum sobre si Gran Bretaña permanecerá en, o abandonará, la Unión Europea, fomentando una batalla de ideas cuestionables, planteada en una atmósfera casi de guerra civil.
Los Estados Unidos fueron construidos por inmigrantes, pero también lo fue la Gran Bretaña moderna: los hugonotes franceses que se convirtieron en los tejedores de Spitalfield, los holandeses que ayudaron a drenar las marismas de Anglia Oriental, los italianos (¡Dios les bendiga!) que fundaron sus primeras cafeterías espresso, los irlandeses que construyeron los canales y las autopistas… la lista es interminable. Tras la guerra, los británicos necesitaban trabajadores, así que vinieron barcos cargados de inmigrantes desde el Caribe, la India y las naciones africanas de la Commonwealth. Fueron bienvenidos por su labor y con los años se convirtieron en parte del gran crisol británico: uniéndose a esa vibrante mezcla genética que se remonta a mucho antes de la conquista romana.
Desde el principio del siglo XX hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos tuvieron una política de puertas abiertas hacia la inmigración. Millones de refugiados de conflictos militares y adversidades económicas vinieron llenando barcos (embutidos en bodegas sucias de tercera clase por traficantes de personas semilegítimos). Las masivas cifras de inmigrantes (en su mayoría no angloparlantes y a menudo analfabetos) causaron problemas sociales y políticos en las ciudades en que se asentaron. Pero el crecimiento económico conseguido gracias a su increíble energía fue masivo y, pese a la hostilidad de los movimientos nativistas “America First” (“América primero”), la Gran Depresión de la década de 1930 sucedió tan solo después de que la política de puertas abiertas de Estados Unidos fuera básicamente detenida. Pocas personas hoy en día argumentarían que los italianos, los judíos de Europa del Este, los polacos y las personas de los Balcanes fueran problemáticos porque nunca podrían ser asimilados en la cultura “americana”.
En el siglo XIX, Gran Bretaña también tuvo lo que era, básicamente, una política de inmigración abierta. Desde la década de 1880 a la de 1890, los judíos de Europa del Este, huyeron a miles de cientos hacia Londres, Manchester, Leeds y Glasgow, escapando de las intolerables condiciones impuestas por el gobierno zarista. Leyendo la injuriosa literatura de la época, dirigida contra estas personas fundamentalmente empobrecidas, resulta chocantemente evocador de lo que hoy aceptamos como “diálogo razonado” por parte de algunos en la campaña a favor de abandonar la UE. Aun así, una generación después, aquellos refugiados se habían integrado bien en la vida británica y eran, en su mayoría, considerados ciudadanos respetables.
A través de la historia, el miedo al “otro” bajo la apariencia de inmigrantes, errantes, nómadas e itinerantes de cualquier tipo, ya estuvieran en una búsqueda espiritual como Moisés, Cristo, Mahoma o Buda, ya fueran víctimas de persecución política, refugiados de la agitación social o simplemente personas que buscaban una vida mejor, todos se convirtieron en cabezas de turco para que las personas en el poder desviaran los problemas sistémicos hacia los indefensos.
Gran Bretaña tiene una orgullosa historia de aceptar refugiados e inmigrantes de muchos orígenes y creencias. Pienso en el maravilloso Café Royal en el Soho de Londres donde, en la década de 1880, la planta superior estaba llena de nobles franceses cuyos ancestros habían escapado de la decapitación mientras que la planta baja estaba llena de refugiados que sobrevivieron a la Comuna de París. ¡Hay pocos lugares en la tierra donde te podrías encontrar una escena tan evocadora como esa! Pero el movimiento de personas no es un camino unidireccional. Nunca lo es. Solo tenemos que pensar en los millones de británicos que emigraron a Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Norteamérica y, sí, Alemania, Francia, España, Holanda, Suecia, así como todos los otros países de la UE.
La gente de Gran Bretaña, a quienes mi padre consideró héroes, estaban en igualdad con aquellos otros, fuera de Gran Bretaña, como los polacos y los franceses, que tomaron refugio aquí y dieron sus vidas para defenderla, y aquellos americanos antifascistas, como mi padre, que ofrecieron sus vidas para mantener a Gran Bretaña abastecida en su momento de necesidad.
Gran Bretaña en su mejor momento no era un país con voluntad de levantar el puente levadizo y aislarse. Pienso, de hecho, en los mineros galeses que se presentaron voluntarios para luchar en España en el frente en lo que pronto sería un Guernica a escala europea. Dos guerras mundiales, y muchos otros conflictos europeos siglos atrás, han enfatizado la absurdidad del aislacionismo. Los problemas sobre quiénes somos y qué seremos no se solucionarán votando en un referéndum tóxico. Pero votar por el abandono, me temo, dejará este país en manos de aquellos cuyos intereses no son más que la búsqueda del poder personal y que están dispuestos a hacer y decir lo que haga falta para conseguirlo, incluso si eso significa que Gran Bretaña pierda aquello que mi padre, como muchos otros de su época, tanto admiró.

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